El Amor de Dios

¿Cómo es Dios? Si Dios es justo y bueno, ¿por qué pasan cosas malas? ¿Se interesa Dios por cada uno de nosotros? ¿Cómo nos ayuda?

Cuando hablamos de Dios no solo reflexionamos en si existe o no, sino que también nos preguntamos cómo es. A lo largo de la historia de los pueblos la imagen de Dios ha ido cambiando, y cada religión ha tenido dioses con cualidades diferentes. Algunos han tenido un Dios severo y cruel, otros un Dios egoísta o caprichoso. Poco a poco, la humanidad ha ido acercándose a un Dios justo y bueno, un Dios todo perfección. ¿Qué nos dicen los Espíritus sobre esto?

13. Cuando decimos que Dios es eterno e infinito, inmutable e inmaterial, único y todopoderoso, soberanamente justo y bueno, ¿no tenemos una idea completa de sus atributos?
– Desde vuestro punto de vista, sí, porque vosotros creéis abarcarlo todo. Pero sabed que hay cosas por encima de la inteligencia del más inteligente de los hombres, y para esas cosas vuestro lenguaje, que se limita a vuestras ideas y sensaciones, no posee expresiones. La razón os dice, en efecto, que Dios debe poseer esas perfecciones en el grado supremo, porque si careciera de una sola de ellas, o bien no la poseyese en grado infinito, no sería superior a todo y, en consecuencia, tampoco habría de ser Dios. Para estar por encima de la totalidad de las cosas, Dios no debe ninguna vicisitud y no ha de tener ninguna de las imperfecciones que la imaginación puede concebir. (Allan Kardec, El libro de los Espíritus)

No podemos comprender cómo es Dios porque está más allá de nuestra capacidad como seres humanos. Pero sí podemos tener una idea de cómo es a través de nuestra razón. Kardec reflexiona sobre la respuesta anterior de los Espíritus y añade la siguiente conclusión:

  • Dios es eterno: Si hubiera tenido principio, habría surgido de la nada, o bien hubiera sido creado por un ser anterior a Él. Así, poco a poco, nos remontamos hasta lo infinito y la eternidad.
  • Es inmutable: Si Él se hallara sujeto a mudanzas, las leyes que rigen el Universo no poseerían ninguna estabilidad.
  • Es inmaterial: Vale decir, que su naturaleza difiere de todo lo que llamamos materia. De lo contrario no sería inmutable, debido a que se encontraría sujeto a las transformaciones de la materia.
  • Es único: Si hubiera varios dioses, no existiría ni unidad de propósitos ni unidad de poder en la ordenación del Universo.
  • Es todopoderoso: Porque es único. Si no poseyera el soberano poder habría algo más poderoso que Él o tan poderoso como Él. No hubiera creado la totalidad de las cosas, y aquellas que Él no hubiese hecho serían obras de otro dios.
  • Es soberanamente justo y bueno: La providencial sabiduría de las leyes divinas se pone de relieve así en las cosas más pequeñas como en las más grandes, y esa sabiduría no permite dudar ni de su justicia ni de su bondad.
    (Allan Kardec, El Libro de los Espíritus)

Si Dios es justo y bueno, ¿por qué pasan cosas malas?

Muchas personas se plantean que aunque Dios exista, quizá es un dios lejano, que no se acuerda de la gente o quizá un dios despreocupado por los sufrimientos de las personas. ¿Cómo podemos hablar de un Dios bueno cuando ocurren tantas cosas malas? ¿Si Dios existe por qué no acaba con el mal?

El mal y el sufrimiento son parte de nuestro camino de crecimiento y aprendizaje. Para evitarnos el dolor Dios tendría que habernos creado sin el libre albedrío, para que no pudiésemos alejarnos del camino del bien, si nos hubiera creado siendo perfectos no tendríamos que aprender nada. Pero tampoco seríamos libres, puesto que al crearnos perfectos por naturaleza no podríamos elegir, no seríamos libres ni habría aprendizaje. Solo podemos ser libres si tenemos la posibilidad de equivocarnos y la posibilidad de aprender por nosotros mismos en libertad.

Dios nos creó imperfectos y libres para ir aprendiendo a distinguir el bien del mal, e ir acercándonos a él poco a poco, cada uno según su libre albedrío. En nuestro interior tenemos nuestra conciencia para guiarnos en nuestro proceso de crecimiento.

 Si el hombre hubiese sido creado perfecto se inclinaría fatalmente hacia el bien. Pero en virtud de su libre albedrío, no es conducido premeditadamente ni hacia el bien ni hacia el mal. Dios quiso que estuviese sujeto a la ley del progreso y que fuese el resultado de su propio trabajo, para que sea suyo el mérito del bien realizado y la responsabilidad del mal cometido por su propia voluntad. (Allan Kardec, La Génesis)

125. “¿Dios creó el mal?” Dios no creó el mal; estableció leyes, y esas leyes son siempre buenas, porque Él es soberanamente bueno. El que las observase fielmente sería completamente feliz; pero teniendo los espíritus su libre albedrío, no las han obedecido siempre, y la infracción de estas leyes ha causado el mal para ellos.

127. “¿Cuál es el origen del bien y del mal sobre la Tierra, y por qué hay más mal que bien?” El origen del mal sobre la Tierra proviene de la imperfección de los Espíritus en ella encarnados, y el predominio del mal tiene por origen el que, siendo la Tierra un mundo inferior, la mayoría de los espíritus que la habitan son inferiores o han progresado poco. En los mundos más avanzados, en los cuales sólo espíritus depurados son admitidos a encarnarse, el mal es desconocido, o en minoría.

128. “¿Cuál es la causa de los males que afligen a la Humanidad?” La Tierra puede ser considerada a la vez como un mundo de educación para espíritus poco adelantados, y de expiación para espíritus culpables. Los males de la humanidad son la consecuencia de la inferioridad moral de la mayoría de los espíritus encarnados en la Tierra. Con el contacto de sus vicios, se hacen recíprocamente desgraciados y se castigan unos a otros.
(Allan Kardec, ¿Qué es el Espiritismo?)

Muchas veces el dolor será consecuencia de nuestras decisiones en nuestro camino evolutivo, o de las decisiones de las personas que nos rodean y que también están creciendo y aprendiendo con nosotros. Otras veces el dolor llega de modo imprevisto. Nos sobrecogen las noticias sobre desastres naturales o desgracias que no podemos prevenir. La Humanidad está en una fase de aprendizaje de la que el dolor todavía forma parte. El dolor es un estímulo para nosotros, nos hace reflexionar sobre nuestras decisiones y nos enseña a seguir el camino del bien, nos recuerda qué es lo importante en la vida, y nos despierta para que llevemos nuestra atención a la vida espiritual.

Nada es por azar, no existe la casualidad ni la mala suerte. Todo tiene una causa y un porqué, todo tiene sentido, también el dolor que hay en nuestras vidas. Todo lo que nos ocurre es parte de nuestro proceso de crecimiento y aprendizaje. A medida que vamos evolucionando, el dolor va desapareciendo de nuestras vidas. Llegará un momento en que la Humanidad superará esta etapa de aprendizaje y podrá continuar su evolución sin dolor. Ya no será necesario seguir sufriendo porque habremos aprendido a crecer de otros modos, a crecer juntos siguiendo el camino del amor.

Existen dos mecanismos eficaces para el progreso: el amor que sabe y el dolor que impulsa. Mediante el amor que se ilumina con conocimientos liberadores, el Espíritu crece hacia Dios. Cuando este recurso tarda en aparecer o es dejado al margen, el dolor anida en el hombre y, aunque éste resista su presencia, lo domina, lo educa y eleva. Recibe tu aguijón en la “carne del alma” y avanza, haciéndolo menos doloroso mediante la resignación y el bien que de él emana.
(“El Aguijón” Espíritu Juana de Ángelis, Divaldo Pereira Franco, Momentos de Alegría)

¿Se interesa Dios por cada uno de nosotros? ¿Cómo nos ayuda?

 A veces nos preguntamos cómo es posible que Dios pueda saber de nosotros, una persona entre miles de millones en un planeta entre miles de millones en el Universo. Dios nos conoce, sabe de nuestra vida, conoce nuestros sentimientos y necesidades porque estamos unidos íntimamente con Él, vivimos en la presencia de Dios. Nosotros estamos en Él y Él está en nosotros.

Ya sea que el pensamiento de Dios actúe directamente o por intermedio de un fluido, para facilitar las cosas vamos a representarlo bajo la forma concreta de un fluido inteligente que llena el Universo infinito y penetra todas las cosas de la Creación: la Naturaleza entera está sumergida en el fluido divino, o, en virtud del principio que establece que las partes de un todo son de la misma naturaleza y tiene iguales propiedades que el conjunto, cada átomo de ese fluido, si se puede explicarlo así, posee el pensamiento y los atributos esenciales de la Divinidad. Dicho fluido está por doquier y todo está sujeto a su accionar inteligente, a su previsión, a su solicitud, pues todos los seres, por más pequeños que sean, están saturados de él. Estamos constantemente en presencia de Dios. No podemos sustraer a su mirada ni una sola de nuestras acciones y nuestro pensamiento está en contacto incesante con el suyo. De ahí que se diga que Dios está en lo más recóndito de nuestro corazón. Nosotros estamos en Él, como Él está en nosotros, según la palabra de Cristo.
Dios no necesita mirarnos desde lo alto para extender su cuidado sobre nosotros. Para que Él escuche nuestras plegarias no es necesario atravesar el Espacio ni orar en voz alta, ya que Él está a nuestro lado y nuestros pensamientos repercuten en Él. (Allan Kardec, La Génesis)

Dios sabe lo que necesitamos en nuestro camino de evolución espiritual. A veces no es lo que nosotros esperamos y pedimos, porque a menudo permanecemos centrados en nuestra vida física actual. Siempre recibimos y llega a nuestra vida aquello que necesitamos para aprender y evolucionar espiritualmente. Esta ayuda no siempre es evidente, no aparece en nuestra vida de modo espectacular o milagroso, sino que llega a nosotros de modo sutil, quizá como una idea, quizá un consejo de algún amigo o algo que nos ocurre aparentemente por casualidad. Pero su ayuda siempre está presente.

Pongamos un ejemplo: Un hombre se ha perdido en el desierto y sufre una sed horrible; siéntese desfallecer y se deja caer en el suelo; ruega a Dios que le asista, y espera; pero ningún ángel viene a traerle agua. Sin embargo, un buen espíritu le ha “sugerido” el pensamiento de levantarse, seguir uno de los senderos que se presentan ante él, y entonces por un movimiento maquinal, se reviste de ánimo, se levanta y marcha a la ventura. Llega a una colina, descubre lejos un arroyuelo, y a esta vista, recobra ánimo. Si tiene fe, exclamará: “Gracias, Dios mío, por el pensamiento que me habéis inspirado y por la fuerza que me habéis dado”. Si no tiene fe, dirá: “¡Qué buen pensamiento he tenido! ¡Qué suerte haber tomado el camino de la derecha más bien que el de la izquierda! la casualidad, verdaderamente, nos sirve bien algunas veces. ¡Cuánto me felicito por mi valor en no dejarme abatir!”
Pero dirán algunos: “¿por qué el buen espíritu no le dijo bien claro, sigue esta senda, y al extremo encontrarás lo que te hace falta? ¿Por qué no se le ha manifestado, para guiarle y sostenerle en su abatimiento? De este modo le hubiera convencido de la intervención de la Providencia”. En primer lugar sucede así para enseñarle que debe ayudarse a sí mismo y hacer uso de sus propias fuerzas, y luego, por tal incertidumbre, Dios pone a prueba la confianza que en El se tiene, así como la sumisión a su voluntad.
Ese hombre estaba en la situación de un niño que cae, y si ve a alguno, grita y espera que le vayan a levantar; si no ve a nadie, hace esfuerzos y se levanta solo. (Allan Kardec, El Evangelio según el Espiritismo)

 El Amor de Dios

Estoy convencido de que nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los poderes y fuerzas espirituales, ni lo presente ni lo futuro, ni lo alto ni lo profundo ni ninguna otra de las cosas creadas por Dios. ¡Nada podrá separarnos del amor que Dios nos ha mostrado en Cristo Jesús, nuestro Señor!” (Carta de San Pablo a los Romanos 8:38-39)

Jesús nos enseñó a ver en Dios no solo como a nuestro Creador, sino a verlo como Nuestro Padre. Nos enseñó que todos nosotros somos sus Hijos, que nos ama tiernamente y nos cuida como cualquier padre a sus hijos. Y siguiendo el ejemplo de Jesús, los Espíritus elevados nos recuerdan esas mismas enseñanzas, hablándonos del amor de Dios en nuestras vidas. En nuestro interior, Su Luz y Su Amor están presentes, Él nos nutre y sostiene con Su Amor.

Más allá de creer en su existencia, nuestro camino espiritual comienza con este encuentro íntimo con el Amor de Dios. Busquemos esa relación cercana y personal con Él, acerquémonos a Nuestro Padre, a través de la reflexión, la meditación sosegada, la oración, a través de las bendiciones y alegrías de nuestras vidas, y también en los momentos difíciles. Busquemos crear un espacio dentro de nosotros para sentir el Amor del Padre.

El Dios interior

Algunos avanzados científicos presentan ecuaciones complejas que parecen prescindir de Dios en el acto de creación del Universo, y hablan de la Gran Explosión, para dar cuenta de su origen. Con todo, no explican los fenómenos que la precedieron.
Diversos estudiosos Lo definen como la “fuerza que mueve al electrón”, y penetran en el mundo subatómico para intentar exponerlo como efecto de la ignorancia cultural de quienes no estudiaron las partículas elementales, perdidas en el área de las concepciones audaces.
Habrá quien Lo desdeñe, al descubrir las imperfecciones que detecta en el Cosmos y en la vida.
No obstante, Dios los sobrevive a todos y comanda Su Obra.

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Jesús Lo llamó, sin atavío alguno, “Padre”.
Otros maestros Lo denominaron “Creador no Creado”.
Einstein optó por un “Poder pensante y actuante fuera del Universo”.
Juan el Evangelista Lo definió como el “Amor”.
Como quiera que Lo llamemos: “Alma de al Naturaleza” o “Acaso”, “Matemática Trascendente” o “Fuerza Cósmica Inmanente-Trascendente”, Dios es la Fuerza Eterna Generadora de Vida, que nos creó y espera por nosotros.

 *

Cuando Allan Kardec interrogó a los Guías de la Humanidad acerca de “qué es Dios”, esos Nobles Mentores le respondieron: “Dios es la Inteligencia Suprema, Causa Primera de todas las cosas”.

 *

Medita sobre tu pequeñez y tu fragilidad.
Considera tu mente y tus sentimientos.
Interrógate acerca de tus aspiraciones y necesidades.
Cuestiona la transitoriedad de tu vida física.
Reflexiona respecto a la celeridad con que el tiempo se desvanece en el reloj de las horas.
Piensa en el amor y procura sentirlo.
Entrégate al bien, al prójimo, e inevitablemente encontrarás a Dios dentro de ti, que pulsa, ama y te conduce rumbo a la plenitud.
Cálmate y déjate llevar por Él.

(Dictado por Juana de Angelis, Divaldo Pereira Franco, Momentos de Alegría)

 

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